El blog de Eduardo Betas| ¿La versión beta de Betas?

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Foto: http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/fot/2006/02/08/p1050

Cuando cae el día, las calles de la ciudad de Buenos Aires se convierten en pasillos de supermercado pero al revés. Cientos y cientos de desvencijados carritos que alguna vez fueron de autoservicio, inician el recorrido inverso del consumo y abren las bolsas, que también alguna vez fueron de supermercados, para encontrar allí los restos de la clase media.

Eso sucede, por lo general, cuando el vecindario porteño, esa clase media o media clase, duerme o cierra los ojos a lo que pasa allí afuera con “esa pobre gente”. Los ruidos de los televisores, por lo general, suelen tapar el traqueteo de las rueditas sobre el asfalto. La música en los auriculares o algunos videos de You Tube completan el biombo cotidiano que pone distancia entre unos y otros. Distancias de clases.

La gente de clase media duerme tranquila. Ellos no han inventado la pobreza ni son culpables de que los cartoneros tengan que vivir de la basura. Es más, hasta toleran que rompan las bolsas y que los residuos queden desparramados. Al mismo tiempo, practican un oscuro juego de escondidas para que su cotidianeidad no se vea alterada pór “esa pobre gente”. Y, por supuesto, puertas adentro de sus casas o de sus autos o de los taxis se quejan, refunfuñan y reclaman medidas de distintos grados de facismo.

Hasta que un día sucede lo más esperado y el deseo menos admitido: las fuerzas del orden reprimen a “esa gente” -que ya no es “pobre”- y la sacan de la vista de todos. Los diarios hablan de disturbios en vez de represión y el gobierno “PROteño” se justifica en que hay que liberar el espacio público.

Un párrafo personal antes de seguir. Yo también soy de clase media, aunque proveniente de un hogar laburante. Yo también he refunfuñado alguna vez por las bolsas rotas. A uno de mis hijos, cuando tenía 13 años, dos pibes cartoneros lo asaltaron a punta de navaja y lo dejaron llorando y descalzo en la calle. Pero todo esto no significa que me ponga contento y apruebe la represión perpetrada en Barrancas de Belgrano. De ninguna manera. Por más que pertenezca a la clase del ni tanto ni tampoco. A la clase que busca su movilidad social en base al estudio, al trabajo y al ahorro. A la clase que debe respaldar la educación y la salud publicas y gratuitas de excelencia. La clase que tuvo la posibilidad de estudiar y de crecer más o menos sanos. Más bien siento que por todas esas razones, como clase media debemos jugar un mejor papel en esta situación.

El papel de la solidaridad con esos compatriotas, a los que hasta se les niega su pertenencia a la clase trabajadora. Pero no una solidaridad con regusto a beneficencia. Sino una solidaridad activa y que active una alianza de clases que supere diferencias culturales y magulladuras varias provocadas por el sistema.

Activar una acción que derive en una mayor y mejor organización en el trabajo de recolección de residuos reciclables. Esto significa un compromiso de hierro en la separación de los deshechos y esto también significa un trabajo conjunto de todos los sectores para contribuir en la construcción de un espacio público donde los cartoneros no sean también explotados por quienes le compran lo recolectado. Porque si este tráfico pervive, estaríamos condenando a los cartoneros a la exclusión permanente,

Y esto es grave. Porque los excluidos de hoy son como los desaparecidos de ayer. Con una atroz coincidencia: que tanto los desaparecidos de ayer como los excluidos de hoy pudieron y pueden ser realidad por la oscura complicidad de una clase media que prefiere levantar el volumen de su tele antes que escuchar los Falcon, ayer o los cascos de los caballos que tiran de los carros., hoy.

Si la clase media no juega su papel, el papel de la clase media va a servir únicamente para que cientos y cientos de hombres, mujeres y niños, sobre todo niños, malvivan por los centavos que le dan por kilo.

Siempre dije que el diario La Nación (Buenos Aires, Argentina) es el que más me gusta a pesar de que no coicida con su línea editorial. Una presentación pulcra de la información; bien organizado y, sobre todas las cosas, bien escrito. Salvo, algunos editoriales como el que publicaron en su edición de ayer bajo el título: “Homosexualidad y adopción”

Ya en el primer párrafo comienza con la diferenciación entre “homosexuales” y “lesbianas”, como si las lesbianas no fueran homosexuales. Pero lo más gracioso (o patético) es cuando el redactor habla de “adopción legal de niños menores de edad”. Y aunque vivamos una época de adolescencias prolongadas creo, no sé si me equivoco, que no existen los niños mayores de edad ¿o sí?

Yendo al tema en cuestión, el o la editorialista utiliza el consabido argumento de que el niño requiere para su “recta formación psicológica y afectivo-sexual” de la acción conjunta de elementos referenciales femeninos y masculinos. Y que, si bien en muchos casos existe ausencia de uno de los dos por accidente, en el caso de las uniones homosexuales es “la ausencia del término materno o paterno no es el resultado de una circunstancia accidental sobreviniente, sino el producto del rechazo o la exclusión conceptual deliberada de uno de los términos fundantes de la pareja humana.”

Por lo visto, la argumentación se centra en implantar valores categóricos e inamovibles (”siempre hemos pensado”), es decir, fuera de toda discusión, por lo tanto carentes de lógica. De otra manera, no se puede hablar de “términos fundantes de la pareja humana”.

Pero además de esto, dado los altos índices de violencia intrafamiliar -que muchas veces incluye la sexual- y de violencia sexual en todas las clases sociales, no podemos decir que la “fundante pareja humana” ha dado buenos resultados en la formación del cien por ciento de los niños. Esto, sin contar con los numerosos casos de abuso sexual perpetrados por religiosos.

Luego cita una sentencia condenatoria de la Gran Sala de Derechos Humanos del Tribunal Europeo, con sede en Estrasburgo, al Estado francés  por rechazar un pedido de adopción realizado por una docente lesbiana. Para después reclamar que “de lo que se trataba era de determinar si la formación sexual del niño podía resultar dañada por el carácter de una unión originada en una relación contraria a las leyes de la naturaleza.”. ¿De qué leyes de la naturaleza está hablando este buen señor o buena señora editorialista?

Por último, hace referencia a que “la idea de que los niños constituyen “cobayos” con los cuales se puede justificar cualquier experiencia es, fuera de toda duda, violatoria de la Convención de los Derechos del Niño”. (¿?)

Eso sí, luego de toda esta diatriba, el editorial de “La Nación” reafirma que lo escrito “no va en desmedro, por supuesto, de la dignidad esencial de todas las personas en relación con la libre elección de su orientación sexual y del modo de canalizarla. Las uniones de homosexuales o lesbianas merecen el más absoluto respeto cuando son el resultado de esa libre determinación. Lo que aquí hemos pretendido señalar es otra cosa: es, simplemente, que cuando se trata de convalidar una adopción legal nada puede importar más que el supremo interés de ese menor. Y es sólo desde esa preocupación que la cuestión debe ser analizada, ya que de ningún modo está demostrado que la vida con padres homosexuales vaya a resultar inocua para su formación.”

Por supuesto que tampoco está demostrado lo contrario, pero el autor no lo dice.